domingo, 27 de junio de 2010

EL FUNERAL

Se escuchó en todas partes el grito inesperado de un muchacho, hacía un calor insoportable y la ropa secándose al aire transmitía una atmosfera de cierta belleza, pues mirando desde arriba, desde la terraza, los colores fuertes, el rojo de las camisas, la blancura de las tangas, las medias sin una mancha, el tiempo parecía haberse detenido y aunque todo era bonito, no lo llamemos color de rosas, pero si color y olor a ropa lavada, el grito, éste del que venimos hablando y del que hemos tratado de contar la atmosfera en que se dio, por desventura, una desgracia, no altero en lo más mínimo este paisaje que lo escuchó y lo dejo ir, tal y como se hace con el viento que llega y se va cuando él quiere.
Se escucharon otro y otro, en cierto momento salió alguien como alterado, sudando desesperado mira a lado y lado, quiere correr, traspasar la barrera que tanto temía, esa que a veces lo trasnochaba pensando que algún día iba a pasar, busca junglas, arboles que lo abracen y lo acojan como el hijo prodigo, para opacar este dolor, el mismo que lo deja inmóvil, como si fuera tentáculos que salen de lo más profundo de su ser y lo atrapa de manos y pies, tentáculos que salen de su pecho y se entran por su espalda, allí al frente de su casa, donde las imágenes en su cabeza alguna vez tomaron forma se sienta al borde de la carretera, sus codos apoyados en las rodillas y su cara tapada con sus manos, lentamente, casi sutil e imperceptible se fue yendo hacia un lado, mientras los sollozos se intensifican escucha la canción de nuevo y no se sabe por qué, pero parece que al llorar sus neuronas se alteran, se avivan y le traen los recuerdos, recuerdos que le encharcan sus manos, Enséñame como haces ese truco, enséñame el truco que me hace gritar, que me hace reir…y correré a tu lado sin importar nada más. Ella se paraba enfrente de él y allí le cantaba, mientras la luz entraba por el patio y le llegaba por la espalda, parecía un ángel enviado por dios. De repente se sintió más viejo, éste acontecimiento le diseca el cuerpo y una sensación de resequedad en el rostro, está sensación lo deshidrata y lo deja como una planta que se seca rápidamente, las arrugas se acentúan y la piel se torna amarillosa, sin más se queda allí, no se quiere levantar.
Sin que nadie se diera cuenta paso algo muy raro, repentinamente el gato se encaramó en un árbol y no volvió a entrar, el perro aún más amigable se fue y se echó con tranquilidad bajo el sediento sol junto a su amo, las palomas se fueron del patio, lo que antes era un lugar habitable, ahora parecía un desierto, todo parecía haber perdido su encanto, las luces que entraban como cortinas y daban la impresión de iluminar una caverna, ya nada tenía significado ni explicación alguna.
Por lo pronto un buen vecino, fue y trató de levantarlo de allí, pero lo único que recibió fueron manotazos de rechazo, trato de hablarle, pero este hombre era una piedra más en el horizonte, así que se fue denigrando su actitud. Anochecía y éste hombre continuaba allí, mientras los arboles comenzaban a balancearse, las golondrinas volaban haciendo maniobras y los grillos comenzaban su bullicioso canto, se incorporó, sus ojos brillaban como los de un felino, su rostro cargaba encima un dolor indescifrable, sus parpados cansados, sus cuencas escondidas, ya era un extranjero, ya no pertenecía a tierra alguna, entró a lo que antes fue su hogar, al cabo de unos minutos salió con una bolsa y una botella, arrojo la botella a la casa y luego prendió fuego, se marchó desvaneciéndose en la oscuridad, hay quienes cuentan que a sus pasos se le unían los de un perro y un gato y que arriba en la oscuridad una bandada de palomas no lo perdía de vista y ascendió por las montañas como el humo que abraza su casa, como las cenizas que arrastra el viento quien sabe hacia donde.